La hora del Babieca

 

20: 30 El babieca apagó la luz

y sintió que estaba salvando al mundo.

Vive a una cuadra de una planta

química y el viento le lleva hacia su casa las

emisiones gaseosas de la producción fabril.

El babieca tiene abierta todas las ventanas de casa

y respira profundo: cree que está uniéndose

a millones de salvadores del planeta,

mientras los contaminantes gaseosos

saltan de las chimeneas industriales hasta las fositas hemisféricas

en que terminan las últimas ramificaciones

de los bronquiolos del babieca

(y de su hijito, también, que se entretiene al aire libre

jugando en el fondo de casa).

El babieca ve por la ventana que

sus vecinos no se enganchan con

la Hora del Planeta.

No apagan la luz.

No encienden el planeta.

El babieca juzga: “¡Qué manga de giles!,

no son solidarios con la naturaleza,

piensan en ellos, nada más”.

 

El babieca se calza las zapatillas azules y

Sale a comprar cigarrillos al Kiosco de la esquina.

 

Cruza la calle

y tiene que saltar para llegar a la vereda de enfrente

porque hay mucha “agua turbia” entre  él y el cordón.

Se moja la punta de una zapatilla, pero

ya cruzó y camina al kiosco.

Hola Don Tito, dice el babieca. Y agrega:

“Don Tito, ¿No apaga las luces para

mejorar el ambiente del planeta?

Don Tito, el kiosquero, cuenta hasta diez

para no responderle groseramente y al fin dice:

“Tengo todos los días las luces prendidas y

en el mes me asaltaron 3 veces ¿Te imaginas, pibe,

qué me puede pasar si tengo todo apagado?

El babieca cambia de tema:

“Qué de agua en la calle ¿Vió Don Tito?

Alguien debe estar lavando el coche, ¿No?”

Don Tito, lo mira de reojo y busca cambio de cien,

se muerde los labios y le espeta al babieca:

“¿Qué lavar el coche, ni qué ocho cuartos?

¿No ves que eso no es agua?”

¿Qué es? pregunta el Babieca al mejor estilo babieca.

“Es la bosta venenosa que tiran a la calle los de la fábrica.

¿O no sabías vos?” dice el kiosquero.

 

Al babieca se le cae el atado al piso. Se agacha para

agarrarlo. Y nota que una de sus zapatillas, la que

se mojó al intentar saltar, tenía la puntera desteñida.

Pero ahí se acordó que se estaba perdiendo

el recital de la Hora del Planeta que transmitían

por tv. Se despide de Don Tito y salta sin tomar carrera.

Y al babieca se le moja la otra zapatilla.

 

El hijo del babieca jugaba alumbrado con la linternita en el fondo de casa

mientras de vez en cuando se rascaba la carita y los brazos.

Anda con una linternita porque el papá no quiere

que a esa hora prenda la luz del fondo. Porque hay que salvar el planeta.

 

Cuando el babieca entra en casa ya tenía ambas

zapatillas desteñidas, pero como todo estaba en sombra

no se dio por enterado.

Enciende el televisor e intenta sintonizar el recital

de la Hora del Planeta.

 

Llega a casa su esposa. Y encuentra al babieca a oscuras y con los ojos casi cuadrados.

Ella le pregunta “¿No era que ibas ahorrar energía?”

El babieca dice: “¿No ves que tengo todo apagado?”

“¿Y la tele con qué funciona, dulce?”, preguntó ella.

 

El babieca no responde, se pregunta: ¿En qué canal transmitían el recital?

 

Y ella dice: “En la clase de yoga una mamá que manda

al hijo al jardín de aquí a la vuelta me contó

que le hizo un análisis especial de orina y le apareció

que el chico tiene en el organismo unos tóxicos…

El babieca grita: “¡Mirá como apagan las luces

en el extranjero!. Qué grande, ahí, la gente. No como acá”.

 

Ella termina: “A varios chicos de ese jardín les pasa igual”.

 

El babieca mira tele. Tampoco responde y sigue con expresión de babieca.

“¿Dónde está el nene?” pregunta ella.

El babieca salvador del planeta dice: “¿Qué se yo? Debe

estar jugando en el fondo”.

 

Ella se levanta en las sombras y calcula qué camino

seguir entre los muebles. Llega a tientas al fondo de casa

y al rato vuelve encendiendo las luces a su paso.

Trae de la mano al hijo y enciende la luz donde

babieca mira otros babiecas movilizados en el mundo

para frenar el cambio climático con sólo apagar lamparitas de casa.

 

El babieca grita: “¿QUE HACES? ¿No ves que hay que apagar

las luces, tonta?”

Ella le dice: ¡No apago nada!. Mirá la cara de tu hijo.

 

El babieca mira la cara del niño. Y dice: “Y lógico,

tiene la cara sucia porque estaba jugando con tierra”.

Su esposa le dice: “No. No hablo de las manchas de tierra.

Mirá esas ronchas”.

“Los mosquitos” dice el babieca con los ojos fijos

en la pantalla.

 

“¿Qué mosquitos, si yo le puse repelente líquido”?, dice ella.

 

El babieca dice: “Habrá comido algo que le produce alergia.

Dale. Apagá. Preparate unos mates.

 

Ella, mirando las ronchas en las manos, brazos y cara

del chico, dijo: “Me dijeron que a ese chico también le pasaba

así cada vez que jugaba en la tierra o se tiraba en el

cesped”.

El babieca ofuscado, le responde: “¿Qué? ¿Ahora seguro que vas a decir

que es por culpa de la fábrica?

Te pareces a Don Tito que responsabiliza por todo a la química”.

 

La mujer no le responde. Pone sus ojos

en la pantalla donde se ve a muchos babiecas

rodeados de sombras.

 

Sale llevándose al chico y no apaga ninguna luz.

El babieca, casi autista, va apagando las luces que encendió su esposa.

Vuelve a sentarse ante la caja boba, toma el control

y busca noticias de la hora del planeta.

 

Afuera, el chico pregunta a su madre: “¿A dónde me llevas, ma?

Ella responde:”Vamos aquí, al lado, a visitar a una vecina que tiene

a un chico de tu edad que le salen ronchas como a vos

cada vez que juega en la tierra”.

 

El babieca se queda sólo y en sombras. En la pantalla del televisor

aparecen reporteados muchos como él

que adhieren y sacralizan a la hora del planeta.

Percibe un cosquilleo en los dedos

de los pies. No le da importancia, sigue en sombras.

 

El brillo de la pantalla no le permite percatarse

que las suelas de sus zapatillas se despegaron en las puntas.

 

Mira la Tv y envidia a los esposos reporteados:

“Que minas conscientes son esas. No como la que me tocó

a mí que está en otra. A esta le importa un carajo salvar el planeta”.

 

21:30 La hora del babieca llegó a su fin.

 

26 DE MARZO DE 2011

ANGEL RODOLFO NAVARRO.

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