¿Calentamiento global?

Todos hemos oído hablar del escenario. El planeta se encuentra envenenado por un desastre ecológico, debido a que el hombre está contaminando la atmósfera y calentando la Tierra. El calentamiento global derretirá las capas de hielo polares y producirá la subida del nivel del agua de los océanos, sumergiendo grandes zonas de Miami, Nueva York y de otras ciudades costeras. Si usted vive en Manhattan, haría bien en trasladarse a South Jersey; o, mejor aún, a Omaha, en Nebraska. Usted pensará que ante tales predicciones alguien habrá estado estudiando los datos durante mucho tiempo. Al menos, eso es en lo que usted confía. Pero el calentamiento global se convirtió en el juego preferido de los estudiosos del medioambiente sólo a partir de los últimos años de la década de 1980. Antes de eso, algunos creían que la Tierra se estaba enfriando, no calentándose. «La caída de la producción alimentaria podría iniciarse muy pronto, tal vez dentro de tan solo diez años», advertía Newsweek el 28 de abril de 1975. «Las hambrunas que se producirían podrían ser catastróficas». Para detener el enfriamiento global algunos expertos propusieron derretir la capa de hielo del Ártico. Ahora lo que nos dicen que debemos temer es exactamente eso. ¿Qué está pasando aquí? Según las estadísticas más fiables de la temperatura de la superficie terráquea de todo el globo, que no llegan más allá de 1861, se produjo un periodo de calentamiento en la primera parte del siglo XX, que duró desde 1910 a 1940. Tal periodo fue seguido de otro de enfriamiento que duró desde 1940 a 1975. Desde 1975, hemos experimentado una tendencia hacia un suave calentamiento. Los tres periodos combinados nos dan una temperatura de la superficie que aumentó quizás 0,5 grados centígrados durante todo el pasado siglo XX. Pero hay un problema. Las mediciones de las temperaturas atmosféricas de los satélites no concuerdan con estas lecturas de la temperatura de la superficie terrestre.

Las mediciones a través de satélite empezaron en 1979, y no han mostrado un incremento significativo en la temperatura atmosférica durante el último cuarto de siglo. Las lecturas mediante sondas mostraron un único incremento en 1976-1977. Desde entonces, sin embargo, las temperaturas parecen haberse estabilizado. Los expertos en medioambiente creen que el calentamiento experimentado durante el pasado siglo se debió a la actividad humana, básicamente a la quema de combustibles fósiles. Su combustión produce dióxido de carbono, uno de los varios «gases invernadero». El metano es otro. El argumento que mencionan es que su llegada a la atmósfera produce una nube invisible que rodea a la Tierra, lo que causa que la salida de calor hacia el espacio exterior se haga algo más difícil que en su absorción inicial por la Tierra (por la luz solar). Este es el Efecto Invernadero. Y su consecuencia es que la Tierra se calienta. El efecto en sí no es puesto en duda por los científicos. Pero el hecho de que las emisiones de dióxido de carbono producidas por el hombre hayan sido suficientes para haber causado un incremento de la temperatura global del planeta durante los últimos treinta años es un tema de profundo debate. El dióxido de carbono en sí mismo es una sustancia benigna y esencial. Sin él no crecerían las plantas, y sin ellas los animales no podrían vivir. Por consiguiente, el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera facilitará un crecimiento más abundante en árboles y plantas, en bosques y junglas. Los datos indican que el dióxido de carbono emitido por el hombre no ha sido suficiente para aumentar las temperaturas globales. El periodo 1940-1975 fue una época de considerable consumo de combustibles fósiles y las fábricas que quemaban carbón emitieron humos sin que ningún partido verde o ministro de Medio ambiente tratasen de restringir su utilización. Sin embargo, la Tierra experimentó un suave enfriamiento. También es necesario decir que si el calentamiento global causado por el hombre es algo real, las temperaturas atmosféricas al igual que las de la superficie terrestre habrían experimentado un fuerte aumento. Pero esto no ha sucedido. Los aumentos se registraron sólo en los últimos años de la década de 1970; y, probablemente, fueron causados por una anomalía solar y no por algo producido por el hombre. Es muy importante conocer dónde se verifica la lectura de las temperaturas. En Estados Unidos ha sido identificado «un efecto isla de calor urbano». Si se construye una pista de aterrizaje cerca de una estación meteorológica, se comprobará que la temperatura de los alrededores aumenta. Todo esto resulta perfectamente razonable. Pero cuando hoy día se trata con los ecologistas uno se encuentra con que a menudo hay una falta de sentido común. Mientras tanto, la Antártica se está enfriando aunque Groenlandia se caliente.

 

Nos gustan los setenta

El primer Día de la Tierra se celebró en 1970, una fecha nostálgica para los ecologistas de hoy día. Participaron en la celebración veinticinco millones de personas, y el Congreso aplazó sus sesiones para «escuchar» las peticiones de sus participantes. En una rápida sucesión, el Congreso pasó a celebrar el día del Aire Puro, el del Agua Pura y el de las Especies Amenazadas. Se creó con prisas la EPA. En 1980, el informe pesimista de previsiones de Jimmy Cárter «Global 2000» establecía las condiciones globales que se esperaba prevalecerían a finales del milenio. Pero en ese informe no había ninguna mención sobre el calentamiento global. En 1990, el calentamiento global (junto con la tan cacareada pérdida de la «biodiversidad», causada por la destrucción efectuada por el hombre en los diversos hábitats) se ha convertido en el tema más popular de los ecologistas. En 1992, representantes de ciento sesenta países se reunieron en Río de Janeiro para la celebración de la Cumbre de la Tierra. El ambiente era claramente antiamericano, con figuras del «Tío Sucio» que sustituía al Tío Sam. El presidente Bush (el padre) se negó a firmar el tratado de biodiversidad, pero firmó un tratado sobre cambio climático. Los signatarios acordaron reducir sus emisiones de dióxido de carbono. Los detalles de los países que habrían firmado el acuerdo quedaron fijados en Kioto, Japón, cinco años más tarde. Las emisiones de gases invernadero se verían reducidas en 2002, quedando por debajo de los niveles de 1990. Ese fue el protocolo de Kioto. Pero el presidente Clinton no sometió el tratado al Senado para que fuese ratificado; estaba seguro de que no sería aceptado. Casi todo el mundo sabía que Estados Unidos era la principal diana del tratado. Se había escogido cuidadosamente la fecha de 1990. Las emisiones de gases en Alemania y en la Unión Soviética todavía eran muy altas entonces.

 La Alemania Federal acababa de integrar a la Alemania del Este, que seguía utilizando ineficaces plantas de carbón. Una vez que tales plantas fueron modernizadas, las emisiones de Alemania descendieron, cumpliéndose así la exigencia de que los niveles se redujeran por debajo de los existentes en 1990. Lo mismo sucedió con la Unión Soviética. Tras su colapso, en 1991, la actividad económica descendió en casi un tercio. Hoy día, Rusia todavía se encuentra por debajo de sus antiguos niveles de emisión. En el caso de Francia, la mayor parte de su electricidad procede de la energía nuclear; una energía que los ecologistas están de acuerdo en reconocer que no produce los efectos del calentamiento global, si bien ha sido demonizada por otras razones. De acuerdo con el protocolo de Kioto, las emisiones en Estados Unidos tendrían que reducirse tanto — uizás en un tercio— que el único resultado seguro que se conseguiría con ello sería el de una grave recesión económica. Mientras tanto, los países pertenecientes al Tercer Mundo seguirían estando exentos, incluyendo a China e India. Al igual que Estados Unidos, Australia se negó a ratificar el tratado. Treinta y cinco países, la mayoría europeos, estuvieron de acuerdo en reducir sus emisiones de CO2. Pero no existen mecanismos coercitivos y el posible fraude es ilimitado. Fred Singer, físico especialista en temas atmosféricos de la Universidad George Masón y fundador del Proyecto de Ciencia y Política Medioambiental es un gran detractor del calentamiento global. En defensa de la posición anti-Kioto mantenida por Estados Unidos, ha dicho: «Se nos ha pedido que compremos una póliza contra un riesgo que es muy pequeño, en el caso de que lo haya, y por la que hemos de pagar un alto precio. Se nos exige que reduzcamos el uso de la energía, no en un pequeño porcentaje sino, de acuerdo con el protocolo de Kioto, en un 35 por ciento en los próximos diez años, lo que significaría eliminar un tercio de toda la energía en uso, la utilización de un tercio menos de fuerza eléctrica y, quizás, la eliminación de un tercio de nuestro parque móvil.

Eso constituiría un daño enorme para nuestra economía y un grave golpe para nuestra gente, especialmente para el sector más débil de la población». Mientras tanto, la retórica —ya que no el planeta— se va calentando más y más. El auténtico miedo lo constituye la propia retórica. Cualquier suceso climatológico inusual se podrá vincular ahora al cambio climático. Entrevistado por el actor cinematográfico Leonardo di Caprio en 2000, el ex presidente Clinton dijo que si no cambiamos nuestros modos de vida «las capas de hielo polar se derretirán más rápidamente, elevándose el nivel de las aguas». El clima de toda Norteamérica podría cambiar con «más inundaciones, más olas de calor, más tormentas y, en general, un mayor número de graves acontecimientos meteorológicos ». A menos de veinticuatro horas de producirse el tsunami de diciembre de 2004, CBS Evening News hacía, referencia a unos «expertos en climatología» anónimos que desplegaban un gráfico que contenía tan solo las palabras «calentamiento global» y «tsunamis». Dan Rather, del News, salmodiaba: «Los expertos en climatología avisaban hoy que los tsunamis podrían convertirse en algo más común y más devastador en todo el mundo. Citan un número de factores, incluyendo un progresivo incremento en el nivel de las aguas oceánicas, que suponen está causado por el calentamiento global y el crecimiento de las poblaciones de las zonas costeras».

 

Pruebas del calentamiento: observe un partido de hockey

La afirmación de que el planeta se está calentando está basada en el conocimiento que tenemos de temperaturas del pasado. Teniendo en cuenta que los expertos en climatología aceptan, por lo general, que las temperaturas habidas a lo largo del pasado siglo se incrementaron como mucho en un grado, es necesario que tal conocimiento se concrete. Pero es necesario señalar que el conocimiento que tenemos de las antiguas temperaturas solamente se puede conseguir de forma indirecta. Para descifrar las temperaturas de los siglos pasados los científicos se basan en los anillos forestales, las perforaciones árticas, los componentes del hielo y los esqueletos de organismos marinos depositados en el mar de los Sargazos. No obstante, el gráfico que se muestra más eficaz para persuadir a los expertos de que están sucediendo cosas peligrosas tiene un eje horizontal que cubre un periodo de mil años, y otro vertical con unidades de temperatura separadas por fracciones de grado. La línea de la temperatura es básicamente horizontal, declinando quizás un poco durante novecientos años y ascendiendo después de forma abrupta a niveles más cálidos durante los últimos cien años. Esta línea se conoce como «el bastón de jockey», con una larga asa que representa los nueve siglos, y la parte plana que se refiere al último siglo. Todos los gráficos del calentamiento, incluyendo el bastón de hockey, se basan en «modelos» matemáticos que se extrapolan de un pasado vagamente conocido y que van hacia un futuro desconocido. El Panel Intergubernamental del Cambio Climático estima, de forma muy arriesgada, un incremento de cinco grados centígrados de la temperatura global del planeta durante el siglo XXI. Advierte que para prevenir tal cambio se necesita un presupuesto de doscientos mil millones de dólares anuales. Si se ponen en práctica las soluciones establecidas, los expertos de Naciones Unidas afirman que los incrementos de temperatura podrán ser previstos con un margen de seis años. Cuando se comparan datos procedentes de diferentes fuentes se producen grandes críticas sobre estos cálculos del calentamiento global. Por ejemplo, la temperatura de zonas arbóreas durante el siglo XX puede compararse con las recogidas mediante instrumentos meteorológicos. Tal comparación arroja ciertas dudas sobre el calentamiento global porque los datos difieren en las décadas más recientes, cuando se supone que se produjo el mencionado calentamiento. Durante los primeros años del siglo, las cifras recogidas en las zonas arbóreas y las recogidas mediante instrumentos eran similares, pero empezaron a diferenciarse de forma significativa después de 1970.

A partir de 1970, los instrumentos muestran temperaturas más altas que las obtenidas en las zonas arboladas. Una explicación plausible podría ser el efecto de las «islas de calor» de las zonas urbanas. Muchos de los termómetros utilizados están situados dentro o cerca de importantes centros urbanos, en los que los edificios, el pavimento y la actividad industrial favorecen el aumento de la temperatura ambiente, a veces en varios grados. Como contraste, las muestras recogidas en los anillos arbóreos eran las típicas de las zonas forestales. Así pues, es probable que los datos recogidos en los instrumentos de medición, en los que está basada la teoría del bastón de hockey, se vean influidos por el efecto cálido típico de las «islas de calor».

El informe del «bastón de jockey» fue publicado por primera vez en 1998, por el climatólogo Michael Mann, de la Universidad de Virginia. Inmediatamente fue utilizado por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático para promover la idea de que teníamos en nuestras manos una crisis sin precedentes. Pero el informe también arrojaba algunas dudas porque durante años los climatólogos habían estado de acuerdo en que durante el segundo milenio de nuestra era, las temperaturas globales no habían sido tan invariables como afirmaba el gráfico de Mann. Ha habido subidas y bajadas en las temperaturas, periodos tanto de calentamiento como de enfriamiento. Al inicio del primer milenio, allá por el año 1000, hubo una etapa que recibió el nombre de Periodo Cálido Medieval, que perduró hasta el periodo conocido como Pequeña Edad de Hielo que tuvo lugar durante los siglos XIV y XV. Ambos periodos duraron varias centurias. El periodo cálido se vio acompañado de una prosperidad floreciente, con el desarrollo de los conocimientos y del arte en Europa, lo que demuestra que resultó muy beneficioso en general. La producción agrícola se incrementó con la subida de las temperaturas. Los pantanos y humedales —los que hoy denominaríamos «tierras húmedas»— terminaron por secarse, eliminando las zonas propicias para el desarrollo de los mosquitos que propagaban la malaria. La mortalidad infantil decreció, aumentando la población. Desde 1100 a 1300 la población de Europa pasó de cuarenta a sesenta millones. Una de las consecuencias que tuvo esta etapa cálida fue el asentamiento en Groenlandia de los vikingos procedentes de Islandia. Durante los siglos XII y XIII lograron una etapa de prosperidad; no obstante, empezaron a tener dificultades en la última parte del siglo XIV, con el surgimiento de la Pequeña Edad de Hielo. Finalmente, en el siglo XV, desaparecieron aquellos asentamientos. En una reciente revisión de los documentos que reconstruyen el clima de los anillos forestales se encontraron setenta y nueve estudios que muestran «periodos de al menos cincuenta años que fueron más cálidos que cualquier otro similar periodo de tiempo durante el siglo XX», según las afirmaciones de Willie Soon y Sally Baliunas, de Harvard. Este periodo cálido se ve reflejado en los textos sobre climatología de las últimas décadas; y constituye un embarazoso impedimento para aquellos que aseguran que el calentamiento del siglo XX representó una auténtica anomalía. Los cambios experimentados durante el consumo de combustibles fósiles difícilmente podrían demostrar que el calentamiento global estaba causado por la acción del hombre.

 

Perfiles valerosos

Consideremos en este contexto el experimento del doctor David Deming, profesor ayudante en el Colegio de Geociencias de la Universidad de Oklahoma. En 1995 publicó un documento en el periódico Science en el que se revisaba la prueba que mostraba que los datos de la temperatura de las perforaciones recogían un calentamiento de un grado centígrado, en Norteamérica, durante los últimos cien a ciento cincuenta años. Decía Deming: Con la publicación de mi artículo en Science obtuve una notoria credibilidad en la comunidad de los científicos que investigan el cambio climático. Creían que yo era uno de ellos, alguien que podía pervertir la ciencia poniéndola al servicio de causas sociales y políticas. Así que uno de ellos se puso en guardia. Se trataba de toda una figura en el campo del cambio climático y del calentamiento global. No tuvo inconveniente en enviarme un sorprendente e-mail que decía: «Tenemos que liberarnos del Periodo Medieval Cálido». Mann ya estaba trabajando en ello. Lo que pretendía es otra cuestión, pero el bastón de hockey eliminó aquel molesto Periodo Medieval Cálido. El siglo XX iba a ser el más cálido, al margen de cualquier otro dato. Al mismo tiempo, Deming tuvo su primer enfrentamiento con los informes presentados por los medios de comunicación. Había terminado su artículo de Science con lo que consideraba una afirmación incontestable: «La relación entre causa y efecto y las actividades del hombre y el calentamiento climático no pueden demostrarse más que de forma ambigua en la actualidad». Para decirlo llanamente, las pruebas existentes no garantizaban que el reciente calentamiento climático hubiera sido causado por el hombre. Entonces recibió la llamada de un periodista para discutir con él su artículo de Science. Pero lo único que deseaba debatir era una afirmación del artículo: —¿Quiere decir usted que el calentamiento climático experimentado en Norteamérica pudo haber sido debido a causas naturales? —le preguntó. —Sí —contestó Deming. —Bien; en ese caso me temo que no tenemos reportaje —comentó el reportero—. No es en eso en lo que está interesada la gente. La gente sólo quiere saber si el calentamiento ha sido causado por la actividad humana. Adiós. Y el hombre colgó el teléfono. De este modo Deming se enteró de cómo manipulan los medios de comunicación lo que después oye el público y de donde saca sus propias conclusiones.

En cuanto los apóstoles del calentamiento global hayan logrado convencer a los gobiernos y a los medios de comunicación de que están experimentando algo sin precedentes, el siguiente paso será proclamar que nos encontramos ante una catástrofe, que las temperaturas seguirán subiendo hasta que llegue el momento dramático en que se inunden las ciudades costeras. Pero ya han empezado a oírse voces razonables que cuestionan estas afirmaciones. Un ayudante de Minas de Toronto, llamado Stephen Mclntyre, que carecía de credenciales como climatólogo, se enfrentó con éxito a la teoría del palo de hockey. Se gastó cinco mil dólares de su peculio para intentar desenmascarar los métodos de Michael Mann. Al principio, éste le suministró cierta información pero después dejó de dársela, alegando que no tenía tiempo para contestar a «cualquier nota frívola» procedente de personas no científicas. Entonces Mclntyre se alió con otro canadiense, un economista de la Universidad de Guelph de nombre Ross McKitrick. En 2003 publicaron un artículo crítico sobre el palo de hockey, afirmando que Mann «utilizaba métodos equivocados que ofrecían resultados carentes de valor». Como réplica, Mann publicó una refutación, revelando algunos datos novedosos que no había mencionado al principio. Su artículo apareció en la prestigiosa publicación británica Nature, que se vio obligada a realizar una corrección parcial basándose en esta nueva información. Mclntyre cree que hay más errores que permanecen sin desvelar. Pero se ha sentido frustrado porque todavía no conoce la fórmula que utilizó Mann para crear su gráfico. El buen profesor se ha negado a soltarla. Otra razonable voz es la de Francis Zwiers, un estadístico del Environment Canadá, agencia gubernamental canadiense, que descubrió que el método estadístico de Mann «produce preferentemente palos de hockey cuando no existe ninguno en los datos». Este hombre se encuentra respaldado por un importante científico alemán, Hans von Storch, que afirma que la técnica de Mann podría estar desestimando de forma seria los cálculos de las temperaturas pasadas. (El doctor Von Storch ha dicho que tiene que enfrentarse a presiones de colegas que temen que los escépticos puedan malinterpretar sus resultados. La ciencia climatológica tiende a «hacer solamente comentarios que sean políticamente correctos», dice). Nuevas investigaciones de la Universidad de Estocolmo sobre las temperaturas históricas sugieren también que en dos o tres períodos ha habido fluctuaciones dos o tres veces tan grandes como las manifestadas en el palo de hockey. Hans von Storch ha dicho: El modelo es siempre el mismo: la importancia de acontecimientos individuales se procesa para que se adecué a los medios y se manifieste con un inteligente componente dramático. Cuando se citan las previsiones para el futuro, se escoge regularmente entre todos los escenarios posibles aquellos en el que aparezcan los índices más elevados de emisiones de gas invernadero, con sus consiguientes y dramáticas consecuencias climáticas. Y se dejan sin mencionar otras plausibles variaciones que presentan aumentos de las emisiones significativamente más bajas.
¿A quién sirve esto? Se piensa que el temor puede motivar oyentes, pero se olvida que eso los moviliza exclusivamente a corto plazo… Toda nueva afirmación sobre el futuro climático del planeta deberá ser todavía más dramática que la anterior. Una vez que se hayan pronosticado oleadas de calor apocalíptico, la extinción de las especies animales ya no atraerá la atención. Llegará el tiempo en que se producirá la inversión de la Corriente del Golfo. De esta suerte va creciendo la espiral de la exageración. Cada paso individual puede parecer algo inofensivo; en conjunto, sin embargo, el conocimiento sobre el clima, las fluctuaciones climáticas, el cambio y los efectos climáticos que se suministran al público se distorsionan dramáticamente. Por desgracia, los mecanismos de corrección que existen dentro de la ciencia han fallado. Dentro del campo científico, el expresar abiertamente dudas sobre la evidencia de catástrofes climáticas es visto a menudo como algo inconveniente, porque eso daña a «la buena causa»… El incremento de dramatismo debe ser aceptado, mientras que cualquier corrección de estas exageraciones se ve como algo peligroso, porque resulta políticamente inoportuno. Las dudas no se hacen públicas; por el contrario, se pretende que la gente crea en un sólido edificio de conocimientos que sólo necesita ser completado en sus bordes exteriores. Ahora Mann concede que es admisible que las variaciones en las temperaturas pasadas hayan sido mayores de lo que se pensaba. Y dice que el tema merece ulteriores investigaciones que, sin embargo, no deberán ser eclipsadas por cuestiones políticas; añadiendo que realmente ya no necesitamos la teoría del palo de hockey. «Nuestros adversarios tendrían que hacernos creer que todo el argumento del cambio climático a causa del hombre descansa en nuestra construcción teórica del bastón de jockey —dice—. Pero, de hecho, algunas de las pruebas más evidentes nada tienen que ver con ella, pues se ha ido mucho más allá de nuestra curva». Pero Nature ha apuntado recientemente que «muchos de los investigadores sobre climatología creen que fue prematuro por parte del Panel Intergubernamental del Cambio Climático5 dar, en el tema del cambio climático, tanta preeminencia a esa curva visualmente tan sugestiva». Fred Singer, de la Universidad George Masón, dice que a la luz de la nueva información «el bastón de hockey está muerto».

En su obra Estado de miedo, Michael Crichton también se muestra como un inesperado y poderoso crítico del calentamiento global. Antes de escribir la obra estudió el tema durante un par de años, por lo que pudo añadir una sección titulada «Pensamiento del autor», y un apéndice. Compara la ciencia del calentamiento global con la eugenesia7, y en un discurso pronunciado en Caltech, en 2003, la llegó a comparar con la investigación sobre los extraterrestres (que también se basa en una ciencia falsa, según dijo). Crichton advirtió a los estudiantes de Caltech que sospecharan cuando oyeran que cualquier conclusión científica se basaba en el consenso, como a menudo se nos viene diciendo cuando se habla del calentamiento global. Dijo que el consenso en la ciencia: Es un elemento extremadamente pernicioso que debiera pararse en sus inicios. Históricamente, la reivindicación del consenso ha sido el primer refugio de los granujas; es una forma de evitar el debate, afirmando que el asunto ya está acordado. Siempre que oiga hablar del consenso de científicos sobre un tema u otro, mejor será que tome su mochila y se largue porque se están quedando con usted. Quizás haya algún calentamiento como parte de una tendencia natural que empezó alrededor de 1850 «cuando salimos de una etapa fría que duró unos cuatrocientos años, un periodo conocido como Pequeña Edad de Hielo —dice Crichton. Nadie sabe qué parte de esa tendencia puede ser natural, o qué parte puede estar causada por el hombre». De joven, Crichton estudió en la Facultad de Medicina de Harvard y en el Instituto Salk. El cree que se ha evitado «una discusión abierta y franca» sobre el tema del calentamiento global. Una muestra de ello es que «muchos de los que critican abiertamente el tema del calentamiento global son profesores retirados», dice Crichton.

Pueden hablar libremente porque ya no pretenden conseguir prebendas ni les preocupa enfrentarse a colegas «cuyos beneficios y ascensos en sus carreras pueden verse comprometidos por sus críticas». Además, según dice Crichton, las principales publicaciones científicas «han tomado posiciones editoriales de parte de la teoría del calentamiento». No quiere identificar esas publicaciones, pero la propia Science es una de ellas. En la mayoría de los temas, aunque por fortuna no en todos, Scientific American se ha entregado al campo de lo políticamente correcto. La politización de la ciencia fue subrayada recientemente cuando la doctora Naomi Oreskes, de la Universidad de California, analizó casi un millar de documentos sobre el calentamiento global publicados desde los primeros años de la década de 1990. Llegó a la conclusión de que el 75 por ciento de esos documentos respaldaban, ya fuera explícita o implícitamente, la opinión consensuada; mientras que, por el contrario, ninguno disentía abiertamente de ella. Su estudio ha sido muy citado, pero sus conclusiones levantaron sospechas. Otros científicos conocieron muchos documentos que disentían de la línea partidista del calentamiento global. Entre ellos se encontraba el doctor Benny Peiser, un veterano conferenciante de la Universidad John Moores, de Liverpool. Peiser dirigió su propio análisis de los citados documentos y llegó a la conclusión de que sólo un tercio de los mismos apoyaban el consenso, y solamente un 1 por ciento lo hacía de forma explícita. Sometió sus hallazgos a Science en enero de 2005, y se le pidió autorización para editar el documento. Pero, posteriormente, se le dijo que no había sido aceptada esa publicación porque sus puntos de vista habían sido «ampliamente divulgados por Internet». Peiser replicó que no había dado publicidad a sus descubrimientos «Sencillamente, no es verdad que ya hayan aparecido por todas partes», le dijo a un periódico de Londres. Entonces Science cambió el argumento diciendo que las investigaciones de Peiser habían sido rechazadas «por un sinfín de razones». No es el único científico cuyos trabajos se han visto rechazados. Dennis Bray, un climatólogo de Alemania, analizó los resultados de un estudio internacional, y demostró que sólo un 10 por ciento de los científicos creían que los cambios climáticos habían sido causados por la actividad humana. Una vez más, Science se negó a publicarlo. «Dicen que eso no encaja con lo que pretenden publicar», comentó Bray. Roy Spencer, de la Universidad de Alabama, toda una autoridad en la medición por satélite de las temperaturas globales, afirma: «Está bastante claro que el equipo editorial de Science se halla más bien interesado en promocionar documentos a favor del calentamiento global. Es el tipo de noticias que tiene más interés». Después de que su propio equipo realizara una investigación para poner en duda el calentamiento global por influencia humana dejó de enviar artículos a Nature y Science, a pesar de que se le consideraba como la máxima autoridad en ese campo. Spencer dijo que la conclusión es evidente: las investigaciones engañosas tienen el camino abierto en las revistas y periódicos más importantes, mientras que sus refutaciones se ven rechazadas. «Otros científicos han vivido las mismas experiencias —dijo—. Las publicaciones tienen un apretado equipo de redactores que están a favor del calentamiento global». Esta atmósfera de rechazo y preocupación constantes ha desacreditado la investigación climatológica. «Se teme que cualquier duda pueda ser utilizada por los políticos para suprimir los trabajos —dijo Benny Peiser—. Pero si las publicaciones se ven supeditadas a las consideraciones políticas, la ciencia se ha acabado».
La cuestión financiera es determinante. Los científicos saben muy bien quién paga al gaitero, como dice Michael Crichton. Saben que «para que se sigan suministrando fondos es necesario que los resultados de los trabajos sean los que quieren los patrocinadores». Es una especie de variante de la ley Gresham: el dinero sucio ahuyenta las buenas ideas. Los ecologistas se han convertido en deslegitimadores de sus adversarios diciendo que ellos se encuentran «apoyados por la Industria». Pero los estudios realizados por organizaciones ecologistas están «continuamente manipulados», como añade Crichton. Ellos saben muy bien quiénes son los patronos. Myron Ebell, que trabaja en el Competitive Enterprise Institute (CEI), en Washington, D.C., una de las entidades que examinan de forma crítica las afirmaciones sobre el tema del calentamiento global, dice que los grupos de influencia que respaldan la investigación medioambiental constituyen actualmente una industria con un presupuesto de mil seiscientos millones de dólares. Los escépticos como él representan una minoría tan reducida, al lado de los defensores, que la relación entre unos y otros en la zona de Wasington D.C. es de quinientos a uno. Sin embargo, el CEI, que recibe unas subvenciones mínimas en comparación con los grupos de influencia como el Sierra Club, es considerado frecuentemente por los medios de comunicación como «industria subvencionada». Afirma Ebell que el auténtico problema es que los grupos ecologistas «lo tienen todo a su favor, excepto los hechos». Lo que tanto Michel Crichton como otros pueden atestiguar es que el movimiento ecologista se ha convertido en una cuestión de «interés especial» como ningún otro, con grandes presupuestos y propósitos legislativos. Algunos de los especialistas más significativos en medioambiente se han vuelto críticos. En 2004, Michael Shellenberger y Ted Nordhaus escribieron un ensayo de catorce mil palabras que, desde entonces, ha circulado profusamente. Titulado «La muerte del ecologismo», ha provocado «una guerra civil entre los amigos de los árboles», como escribió Nicholas D. Kristof en el New York Times. Los ecologistas con su «Tengo una pesadilla» habían encontrado su contrapartida de la obra Tengo un sueño de Martin Luther King. Shellenberger y Nordhaus escribieron que este mensaje empezaba a desgastarse. De hecho se trataba de un grito de angustia: ¿Por qué no hemos sido capaces de salir vencedores en nuestros principales temas, especialmente en el del calentamiento global? Lo calificaron de «la crisis ecológica más grave del mundo», lo cual (volviendo al tema de la pesadilla) «podía matar a cientos de millones de seres humanos en el próximo siglo». Ellos se remitían a su edad de oro, allá por los primeros años de la década de los setenta, cuando todo el mundo les hacía el juego. «Fue entonces cuando la estrategia política de la comunidad se concretó al utilizar la ciencia para definir el problema como “medioambiental”», decían. La «utilización de la ciencia» fue una táctica que tuvo éxito. Durante veinticinco años nos quedamos deslumbrados con ella. Pero el problema no fue que la utilización de la ciencia hubiera llevado a los ecologistas a proponer «problemas técnicos» desagradables, como creían Shellenberger y Nordhaus. La cuestión era que, para empezar, su ciencia nunca resultó muy buena. Y a medida que su inadecuación se hizo más evidente, las tácticas del miedo al calentamiento global utilizadas por sus apóstoles se volvieron cada vez más llamativas.

 

Tom Bethell
Traducción de Mario Lamberti

TOMADO DE: GUIA POLITICAMENTE INCORRECTA DE LA CIENCIA Capítulo 10

FUENTE: RADIO CONVICCIÓN Chile.

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